Libre Expresión

El programa anticlerical e iconoclasta de Salvador Alvarado (VIII)

Antes de pasar a los pormenores de la persecución religiosa en Yucatán, es imprescindible conocer cómo se gestaron los movimientos anticlericales e iconoclastas. No es que busque justificar los excesos del Benemérito y sus huestes, pues está claro que no hay justificación ni disculpa a tanta tropelía cometida en aras de erradicar la religión. 

Los motivos de Alvarado podríamos encontrarlos y fundamentarlos en el surgimiento de las sociedades modernas, en la segunda mitad del siglo XVIII. Los anticlericales como él veían a la Iglesia como estorbo para el progreso y cómplice de intereses político-económicos. 

Luchaban porque desaparecieran los privilegios de la Iglesia y la influencia eclesiástica en los asuntos civiles. Exigían autonomía para el Estado como unidad política. Cabe puntualizar que el anticlericalismo no se identifica con los axiomas ateos que niegan la existencia de Dios ni se opone a los dogmas cristianos. Sin embargo, el fenómeno anticlerical no sólo buscó erradicar el poder del clero, sino acabar con la religión, especialmente con las fiestas tradicionales ligadas a lo religioso. 

Intelectuales yucatecos habían importado a finales del siglo XIX las ideas del «libre pensamiento»- fruto de la «modernidad»-, aunque fueron minoritarios, concentrados fundamentalmente en las logias masónicas. 

Rechazaban las fiestas de los santos patrones para poner en entredicho la estructura de la religiosidad y la obediencia a los curas. Los actos violentos empezaron con la ascensión de gobiernos anticlericales a nivel nacional, pero se recrudecieron durante el carrancismo. 

El programa anticlerical de Salvador Alvarado alcanzó toda la geografía yucateca, confiscando y dando múltiples usos a los templos, para desacralizarlos y desfanatizar. Destruyendo, requisando, remodelando, Alvarado pensó romper la unión sacramental del pasado con el presente, imitando lo que hicieron los franciscanos con los templos indígenas en la Conquista. 

Miembros del ejército y funcionarios públicos formaron brigadas para derribar lugares sagrados. Muchas iglesias se convirtieron en escuelas. Los nombres católicos del espacio social fueron prácticamente borrados. Para los anticlericales el cambio de nombre significaba acabar con lo sagrado sustituyéndolo con distintivos seculares. 

Ustedes se preguntarán: ¿Y los yucatecos aceptaron impávidos que los reprimieran por sus creencias o por practicar su religión? ¿Toleraron  sin chistar destruyeran sus iglesias y quemaran y confiscaran sus santos? ¡Por supuesto que no! Los enfrentamientos estuvieron a la orden del día. 

Un libro que tuve hace años, del extinto doctor y poeta don Manuel Contreras Gómez, titulado «Sucedió en Hoctún», narra precisamente las confrontaciones armadas y los asesinatos – que él atestiguó- entre habitantes de Xocchel y Hoctún. Los socialistas de Xocchel, armados con machetes y escopetas, iban al otro pueblo a saquear e incendiar comercios, casas e iglesia, macheteando o disparando a todo el que se opusiera. 

Contreras menciona en su libro los nombres de quienes encabezaron los asaltos. Pero estos excesos  sucedieron en todos los municipios yucatecos. La tradición popular yucateca ha reportado que destacamentos de hombres fuereños y armados- apoyados por cómplices yucatecos-  iban de pueblo en pueblo sembrando destrucción y muerte, ejecutando tropelías, agresiones y asesinatos.  

El 9 de mayo de 1916, la logia masónica «Ermilo G. Cantón» propuso al Gral. Alvarado cambiar los nombres de santos de los suburbios meridanos a nombres de héroes. Sugirió que San Cristóbal fuese «García Rejón»; San Sebastián, «Cepeda Peraza»; Santa Ana, «Quintana Roo». La propuesta fue aprobada cuatro días después. La intolerancia anticlerical no respetó siquiera las imágenes sagradas instaladas en las calles, en huecos y nichos. 

Cruces de piedra, vírgenes, Cristos y santos fueron arrancados para dejar el espacio público libre de presencias sagradas. Los comandantes militares del interior del Estado ordenaron que la tropa recogiera de todos los templos las imágenes religiosas. Los soldados constitucionalistas se convirtieron en heraldos del terror, lo que causó mucha molestia y graves enfrentamientos. 

Yucatán parecía vivir los tiempos de la Revolución Francesa, pero sin guillotina. En los pueblos, tan pronto oían el clamor de los caballos de la tropa, apresurábanse a sacar de iglesias y casas las imágenes sagradas para guardarlas en lugares seguros. Santos, vírgenes y crucifijos que cayeron en manos de los soldados socialistas fueron vejados hasta lo inimaginable. Muchas imágenes antiguas y valiosas las trajeron a Mérida donde, en un acto iconoclasta celebrado el 2 de marzo de 1916, las quemaron públicamente. 

Estos hechos escandalosos y lamentables, auténticos actos de intolerancia y fanatismo antirreligioso, son los que hasta ahora no perdonan muchos yucatecos al Gral. Alvarado quien, dicho sea de paso, en materia anticlerical e iconoclasta no disimulaba ni delegaba. 

Y pongo como ejemplo la provocación que encabezó un Viernes Santo de 1916 en una escuela primaria meridana. El Jefe Militar ordenó reunieran a todos los alumnos para «desfanatizarlos». Invitó a varios socialistas para que discursaran sobre los «enemigos de la Revolución» (por supuesto, la Iglesia y los católicos). Luego ofreció un banquete a base de carne, siendo un día sagrado- de abstinencia- para los católicos. Tras la comida, obligó a los niños a participar en un acto iconoclasta. Sus achichincles acarrearon a la terraza de la escuela numerosas imágenes. El Caudillo pretendió que los infantes las machetearan. Obviamente se negaron. Entonces, el General tomó un machete para «dar el ejemplo».- Carlos A. Sarabia y Barrera, Diciembre 1 de 2021. Continuará. 

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