Libre Expresión

El proyecto político de Salvador Alvarado y su triste final… (Capítulo XIX y último)

Por Carlos A. Sarabia y Barrera

El personaje que Alvarado tenía en mente para ser candidato a la presidencia de la República pudo haber sido don Adolfo de la Huerta, aunque nunca lo aclaró.

¿Por qué De la Huerta era una opción para Alvarado? Porque su relación con Don Adolfo era cordial ya que sus pasados revolucionarios se entrelazaron desde los primeros años del siglo XX. Al dejar la gubernatura de Yucatán, el general Alvarado recomendó a Carranza que De la Huerta fuera el «moderador» de las fuerzas del estado antes de que se efectuaran las elecciones para gobernador; el presidente aceptó y el sonorense tranquilizó las tensiones políticas antes de que Carlos Castro Morales se encargara del estado. Su amistad persistió hasta 1924, en el contexto de la rebelión delahuertista.

Asimismo, Obregón se enteró de las críticas a su campaña a través de un partidario, quien lo mantuvo al tanto de la situación: «El Heraldo de México se declaró contra tu Manifiesto a la Nación. Exhorta a los liberales de todo el país para que se reúnan y formen una convención bajo su égida y a la sombra de su empresa editorial, a fin de que de dicha convención surja ungido y autorizado el candidato del pueblo». Las respuestas a los ataques vertidos en las páginas de El Heraldo no tardaron en llegar.

El Monitor Republicano, favorable a Obregón reaccionó y refutó los cargos que realizaba El Heraldo contra el Partido Liberal Constitucionalista y el «funesto personalismo».

Días después, ante las constantes críticas publicadas en El Heraldo de México, se señaló el exacerbado protagonismo y personalismo de Alvarado; conductas que había destacado como factores que impedían la conformación de un país democrático en donde el pueblo eligiera al candidato que defendiera un programa adecuado a las necesidades nacionales. Además se mofaron de la figura del sinaloense: «Don Salvador solo, vale por todos los grupos políticos. Vale lo que la opinión pública vale. Don Salvador es la opinión. Don Salvador es el país. Don Salvador es el salvador de la patria ¡Ah, qué don Salvador!».

1920, significó un viraje en la actitud de Alvarado. En 1919 Salvador Alvarado tuvo una postura propia en lo relacionado con la futura sucesión presidencial; sin embargo, su partido y sus propuestas no tuvieron el eco esperado, sobre todo frente a la popularidad de Obregón e incluso del propio Pablo González, quien tenía gran apoyo de un sector del ejército. Es probable que Alvarado no haya alcanzado ni siquiera los 100 partidarios que establecía la ley electoral vigente para conformar un partido político. A finales de diciembre de 1919, Alvarado aceptó su derrota política y la imposibilidad de competir por la presidencia de la república.

Entonces Alvarado comenzó a posicionarse paulatinamente hacia el grupo del candidato Obregón. Ello lo llevó a cabo por sus vínculos con otros personajes, sobre todo por su amistad con el gobernador de Sonora don Adolfo de la Huerta, mas no por plena convicción de apoyar a Obregón. Diversos factores se combinaron para que se concretara dicha alianza, el primero de ellos fue su aprehensión al iniciar 1920. En enero, Alvarado arribó a Estados Unidos; la razón del viaje y la forma en que llegó son poco claras. El Heraldo de México aseguró que el 11 de enero de 1920 Alvarado había partido a Estados Unidos por la ruta de Veracruz a Tampico, a realizar la compra de nueva maquinaria y elementos tipográficos para el periódico. El mismo diario publicó tres días después que había sido detenido, sin especificar las razones, en Rincón Antonio, Oaxaca, por los hombres del general Alejo González, en ese momento leal a Carranza y jefe de operaciones militares de la zona correspondiente a Chiapas y al Istmo de Tehuantepec. Con el paso de los días se aseveró que el sinaloense había sido aprehendido premeditadamente y que ese hecho formaba parte de una serie de «persecuciones indignas» de los «enemigos», con motivo de las campañas presidenciales, censuradas en la prensa oficial. 

¿Para que realizó ese viaje Alvarado? No existen respuestas precisas, pero es probable que viajara a Tabasco para entrar en contacto con Greene y analizar la posibilidad de adherirse al movimiento anticarrancista liderado por los sonorenses; no obstante, fue descubierto y posteriormente detenido, y por ello partió del país.

El 24 de enero de 1920, Alvarado tomó el vapor Wacoutla acompañado de su esposa y se trasladó a Nueva York, donde vivió varios meses. 

Más que un «exilio voluntario» en San Antonio, Texas se trató de la expulsión de un revolucionario por el gobierno carrancista. Estos acontecimientos propiciaron la ruptura total de Alvarado con el presidente Carranza.

Un mes más tarde, el apoyo de Alvarado al movimiento anticarrancista fue evidente, incluso afirmó desde Nueva York que Obregón era la opción más viable para ocupar la presidencia de la república.

El 9 de abril la legislatura del estado de Sonora rompió relaciones con el ejecutivo federal. La «revuelta» en Sonora fue cubierta en las páginas de El Heraldo desde mediados de abril. Destacó la forma en que los «insurrectos» se habían apropiado de las aduanas, del ferrocarril y habían batido a los federales. El 13 de abril se publicó un resumen de la situación en el estado. La nota sentenciaba: «Se esperan graves acontecimientos». Al día siguiente, 14 de abril, el periódico insistió en que la rebelión era «inquietante», pero destacó la inclusión en el movimiento del propietario de la Compañía Editorial Mexicana Salvador Alvarado, quien se encontraba en Estados Unidos pero había regresado al país para integrarse a las filas sonorenses.

«Ayer circularon en esta ciudad persistentes rumores sobre que el general Salvador Alvarado se encuentra ya al lado de las autoridades sonorenses que desconocieron al Gobierno, y que prácticamente, es el director del movimiento. Estas noticias parecen confirmarse por los informes traídos ayer del lado americano, y particularmente de San Antonio, donde los periódicos publicaron la siguiente noticia: «Es probable que se haya trasladado de San Antonio a Monterrey, pues en esta ciudad pronunció un discurso contra el gobierno de Carranza». Luis L. León aseguró que lo encontró por esos días en la ciudad neoleonesa, donde le aconsejó «mucha prudencia», y juzgó como inapropiada la postura del gobierno de Carranza para impedir la campaña de Obregón al inmiscuirlo en el proceso del contrarrevolucionario Roberto Cejudo. 

El 23 de abril se firmó el Plan de Agua Prieta a través del cual se aseguraba que Venustiano Carranza había violado la soberanía de los estados y se había opuesto a las aspiraciones presidenciales de los diversos candidatos independientes. Se estipulaba que Carranza debía dejar la presidencia y Adolfo de la Huerta sería nombrado jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista. Una vez consumado el movimiento, se elegiría un presidente interino que llamaría a elecciones presidenciales y del Congreso de la Unión. 

«En menos de dos semanas, 107 oficiales del Ejército, dirigidos por Calles, firmaron el Plan de Agua Prieta, que basaba la destitución de Carranza por haber violado la soberanía del estado de Sonora». De la Huerta nombró a Elías Calles jefe de Operaciones Militares en el estado, acompañado por el general Ángel Flores. 

El levantamiento aguaprietista triunfó. La buena relación de Alvarado con el presidente interino Adolfo de la Huerta lo vinculó nuevamente con Obregón y le acarreó un puesto en el gabinete, pues fue designado secretario de Hacienda. Como era de esperarse, su nombramiento no fue del agrado de Obregón, pero De la Huerta aseguró que era un hombre de su absoluta confianza, al ser «muy honorable, comprensivo y bien intencionado». 

Como se pudo observar, el caso del general Salvador Alvarado es una de las aristas poco cuestionadas por la historiografía de la revolución mexicana, sus aspiraciones presidenciales han sido ignoradas o descartadas. El sinaloense buscó consolidar una base política que le permitiera figurar en las elecciones de 1920 a través de El Heraldo de México, ya fuera como organizador de una agrupación política, el Partido Liberal Demócrata, que creara un programa de gobierno y buscara el candidato idóneo para llevar a buen puerto los postulados de dicho plan, o apareciendo él mismo como candidato presidencial, cuestión que siempre negó.

Su apoyo a la causa obregonista fue coyuntural, de corta duración, como lo demostró cuatro años después del asesinato de Carranza, en las campañas presidenciales de 1923-1924, cuando se unió al movimiento liderado por De la Huerta. Sus ideales revolucionarios contrarios al gobierno en turno y su enemistad con Obregón fueron tan marcados hasta el final de sus días que, luchando contra el sonorense invicto y la candidatura de Plutarco Elías Calles, encontró la muerte.

Alvarado contó siempre con numerosos seguidores que se encontraban principalmente en el sureste del país. Sin embargo, pese a coincidir en muchos aspectos con las políticas sonorenses, nunca pudo convertirse en un personaje aglutinador y, en cambio, encontró muchos opositores.

Por su parte, Obregón y los sonorenses entendieron la dinámica del país y lo que este requería: la clave estaba en conseguir el equilibrio entre los diversos grupos dispersos y molestos con el gobierno carrancista. Buscaron la armonía entre el capital y los trabajadores, del campo y de la fábrica, y extendieron una política de conciliación que abarcó a los enemigos de Carranza, algunos en el exilio. 

Obregón, hombre pragmático, supo que una política incluyente lo llevaría a la presidencia.

Su muerte…

Salvador Alvarado no estuvo de acuerdo con los resultados de la elección presidencial de Obregón y se adhirió a la rebelión de su antiguo e íntimo amigo Adolfo de la Huerta, quien lo designó jefe de las fuerzas rebeldes del sureste. Federico Aparicio, un guerrillero tabasqueño, le guardaba rencores por la muerte de un hermano que había sido partidario de Félix Díaz, y le achacaba a Alvarado participación en la ultimación de su hermano.

Al amanecer el día 9 de junio de 1924, los oficiales de Alvarado recibieron noticias de que Federico Aparicio trataba de traicionarlo. 

En las oficinas telegráficas de Tepactitán comprobó que el forajido había tenido contacto con el enemigo. Entonces Alvarado encolerizado ordenó:

—Fusilen a ese traidor…

—Mí general, permítame —dijo Aparicio—hay una mala interpretación, yo le soy leal y defenderé a usted con mi propia cabeza. Entonces intervino el señor Manuel Antonio Romero, gobernador de Tabasco, diciéndole:

—Yo le suplico señor general Alvarado, retire la orden que acaba de dar porque Aparicio es leal al movimiento. El felón Aparicio fingió lealtad y obediencia, porque de hecho, lo separaba de la columna militar.

Las fuerzas de Alvarado habían emprendido la marcha hacia Tenosique. En un pueblo llamado «El Hormiguero» se abren dos caminos que conducen a Tenosique. Aquí se dio una acalorada discusión entre los guías de cuál era el camino que más convenía que tomaran.

El general Alvarado se adelantó sin el menor asomo de desconfianza a reconocer las veredas. 

El paisaje era un cielo plomizo obscuro cargado de nubes rasgadas por el culebrear de los relámpagos. En la lejanía, estas tempestades anunciaban viejos temores que la naturaleza siempre impone. De los matorrales, hombres armas en mano brincaron al camino como fieras al acecho, apuntando sus rifles y gritando:

— ¡Viva Obregón!

— ¡Viva el general Aparicio!

— ¡Viva el Supremo Gobierno!– -acompañando sus exclamaciones de un coro de blasfemias.

— ¡Muera Salvador Alvarado! De los breñales salieron soldados de Aparicio. Alvarado les preguntó alguna cosa relativa a la región, creyéndolos habitantes de las rancherías, sin recibir respuesta. Solo se pudo distinguir en medio del camino al teniente coronel Diego Subiaur, quien apuntando con su pistola al pecho del divisionario, y casi a quemarropa le vació la carga de su pistola, al momento que muchos más de su gente aparecían echando bala a diestra y siniestra.

El cuerpo del General Salvador Alvarado cayó al suelo a las 3:15 de la tarde del 9 de junio de 1924. Una bala habíale traspasado la cabeza. El caballo brincó asustado a los disparos cercanos y a los gritos de los miserables traidores que voceaban vivas a Obregón y mueras a Alvarado.

Así, aquella tarde, oscura por los amagos de la tormenta, entre centellas y detonaciones celestes, quedaba tendido sin vida el general sinaloense Salvador Alvarado. Tenía 43 años. De cara al sol se despedía el idealista militar, que fue sin duda uno de los pocos generales de la revolución mexicana que tuvo la visión de un programa socialista para la nación, pero que murió, como muchos otros, víctima de los apetitos insaciables de poder de otros compañeros de armas, que en algún otro momento compartieron la misión de la misma causa.

Intuyó que encontraría la muerte, ya que antes de dirigirse a Tabasco escribió en una carta a su esposa: «Compromisos de amistad y de política me hacen volver a luchar con aquellos que convencí ir a la Revolución y debo estar con ellos; recuerda siempre que es preferible que seas viuda de un hombre valiente a esposa de un cobarde…». 

Fue sepultado en el Panteón Francés de La Piedad, en la Ciudad de México. No tengo claro si más adelante sus restos fueron trasladados al Monumento a la Revolución.- Carlos A. Sarabia y Barrera, Febrero 15 de 2022. FIN. 

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