Península

El Museo de los Ferrocarriles es como un viaje a través del tiempo

Los encargados esperan que la administración estatal los incluya en el proyecto de La Plancha para que se preserve ese legado de historia entre las nuevas generaciones.

Por Martha López Huan

Una locomotora de vapor construida en 1902, otras de Diesel, carros campamento, cabuces y unas tipo Pullman forman parte del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán, ubicado al Sureste de México que reabrió sus puertas después de dos años de pandemia del Coronavirus.

Las enormes centinelas guardan en interior historias que poco a poco desmenuzan los protectores de eso vagones arrastrados por una locomotora que hasta agosto de 2020 circulaban en el Sureste de México transportando gente y mercancías.

«Cuando el público entra al museo, empieza un viaje a través del tiempo con el ferrocarril, porque puedes encontrar desde la máquina más antigua que es la 270 de vapor, otras locomotoras que corrieron Yucatán y unas más que trajeron de otros estados de la República», cuenta Roger Emilio Gómez, uno de los cinco ex ferrocarrileros que se dedican a cuidar y promover el lugar.

Acompañado del encargado Pedro Pablo Gamboa Cano, José Luis Gómez y Juan Bolio Delgado, dirige su mirada al corazón de La Plancha, donde se encuentra el Museo de los Ferrocarriles de Yucatán.

La grandeza de este museo se basa en que «Los jinetes del tren» fueron encontrando y rescatando unidades que estaban en otras partes del país, como la locomotora FUS 412 que descubrieron en el campo de chatarra de Huehuetoca en el Estado de México.

«Esa unidad es muy emblemática, fue la primera locomotora de Diesel que corrió en Yucatán y por eso la trajimos. Logramos que la donaran y llegó enriquecer el museo, es una pieza muy importante», agrega.

En el Museo de los Ferrocarriles de Yucatán también hay locomotoras que se trajeron de San Luis Potosí, Chihuahua, Baja California y otras partes de la República, «quisiéramos tener más equipo, pero no se puede, ya que todo lo que está aquí es por donación».

En el museo destaca «El abuelito», muchos piensan que fue el que corrió Felipe Carrillo Puerto, «pero no, éste se construyó en Estados Unidos a principios de 1900 y se trajo en los 60s de Coahuila y Zacatecas».

El tren llegó como «Pensamiento liberal mexicano» y se cambió el nombre a «José Rendon Peniche», ya que fue la primera persona que puso en marcha el ferrocarril en Yucatán y la importancia del vehículo deriva en que albergó a muchos presidentes, alcaldes y funcionarios del Sureste.

Con orgullo revela que en el «José Rendón Peniche» se hicieron dos películas: «Peregrina» con Antonio Aguilar y Shasha Montenegro y «La casta divina» con Ignacio López Tarso, Ana Luisa Peluffo, Pedro Armendaris Jr y Tina Romero.

«Por falta de recursos económicos se fue deteriorado, nos da mucha pena, pero ¿qué podemos hacer si nosotros cuatro y don Juan Manuel Celorio (director general del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán) encabezamos una asociación civil y no tenemos apoyo de ninguna instancia de gobierno?», admite.

La historia del museo empezó a formarse en 1990 cuando un grupo de ferrocarrileros contó sus sueños a un directivo de la empresa ferroviaria: Juan Manuel Celorio, quien se enamoró inmediatamente del proyecto.

«Dijo que nos ayudaría y cumplió, a nosotros, como simple trabajadores tocamos muchas puertas y nadie nos hacía caso, ahora, hay dos asociaciones civiles involucradas: la de nosotros y ferro-aficionados y la de los jubilados y pensionados».

Juntos se encargan de arreglar y restaurar los vagones y locomotoras para cautivar a los visitantes locales, nacionales y extranjeros.

Ahora reabrieron para compartir su sueño con los niños, jóvenes y adultos, «afortunadamente se fue la pandemia del Coronavirus y nos dieron la oportunidad de volver a trabajar aquí y evitar el deterioro de las enormes y largas unidades».

La emoción crece porque lograron rescatar dos locomotoras que estaban en La Plancha, pero fuera del área del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán: «una empresa nos dio prestado un tracmóvil y recuperamos dos locomotoras históricas que estaban por perderse».

Unas 150 personas conforman la asociación de jubilados y pensionados, «la de nosotros un poquito menos, pero todos apoyamos en lo que se pueda».

«Invitamos al público yucateco a venir al museo para vivir una aventura, este legado no es de nosotros, sino de todos los yucatecos», precisa don Roger Emilio Gómez.

El deseo general es que el museo permanezca como patrimonio del Estado en el proyecto de la administración de Mauricio Vila Dosal de convertir La Plancha en un lugar tipo Central Park de Nueva York, «por eso necesitamos que venga más gente a visitarnos».

El precio del boleto para entrar al museo asciende a 30 pesos (adultos) y 15 (niños) y está abierto de martes a domingos de 8 a 14 horas.

Juan Bolio Delgado, con 42 años de experiencia como extra, ayudante y operador de trenes, contó su historia en los ferrocarriles que comenzó en mayo de 1979 y terminó en agosto de 2020 cuando fue liquidado, junto con decenas de compañeros.

«Ser ferrocarrilero me dio la oportunidad de conocer muchos lugares de Yucatán y el Sureste de México, incluso llegamos a Ciudad Hidalgo que está cerca de la frontera con Guatemala. A veces tardábamos más viajando que reparando el tren. Se hacían viajes de 14 horas y sólo necesitábamos dos para reparar los desperfectos», recuerda.

Al igual que el encargado del museo, don Pedro Pablo Gamboa Cano, don Juan invita a los habitantes de Yucatán a visitar el recinto abierto ubicado en La Plancha, «traigan a los niños a conocer físicamente las unidades ferroviarias».

«Antes de la pandemia, este sitio era muy popular, ya que cada lunes y miércoles había visitas escolares y había mucha actividad, ahora sólo hay incertidumbre, no sabemos qué pasará con el museo, nuestro mayor temor es que lo cierren por el Tren Maya», confiesan.

Para cambiar un poco el tema, preguntamos a don Pedro Pablo qué tan cierto es ese tabú que señala que los ferrocarrileros son como los marineros: un amor en cada estación.

Las carcajadas rompen el silencio de forma amena y llega el sonrojo cuando confiesa «no tanto».

«Mi única pasión es reparar las máquinas y dejarlas como nuevas, soy reconstructor y uno de mis trabajos recientes fue remodelar el Cabus: coche utilizado para la transportación de herramientas y personal de mantenimiento de vía. Lo remodelé completo: pintura, rotulado y partes eléctricas», explica.

Sus palabras confirman esa pasión que surgió desde hace años cuando veía a su papá trabajar en las vías y a uno de sus tíos que fue maquinista de la locomotora de vapor, una de las cinco que había, ya que cuatro fueron vendidas a Disney.

La melancolía regresa al rostro de los ex trabajadores, porque temen que desaparezcan en un santiamén 120 años de historia acumulada, «esto que está en el museo no es chatarra ni fierros viejos, sino una exposición de acontecimientos pasados, dignos de preservarse en la memoria de los mexicanos, principalmente de los yucatecos».

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