Libre Expresión

Salvador Alvarado nunca se dejó llevar por el embrujo de su alto cargo (V)…

Por Carlos Sarabia Barrera

Conforme redacto la grandiosa obra sociopolítica del Gral. Salvador Alvarado en sólo tres años de gobierno, me pregunto ¿cuántas cosas más hubiese hecho si hubiera estado seis años como gobernador? Los méritos del jefe revolucionario sonorense fueron inconmensurables. Fue, sin duda, un hombre adelantado a su tiempo que hizo mucho bien, y a pesar de que no tuvo espesos estudios, supo conformar un excelente equipo de profesionistas y pensadores yucatecos con ideas avanzadas, que compartieron su obra, sus ideales e ideas, colaboraron con auténtica entrega, y tuvieron responsabilidades en su gobierno. En pocas palabras, los tres años de alvaradismo fue feliz conjunción de voluntades y realizaciones.

Martín Luis Guzmán, escritor, periodista, diplomático y literato mexicano, considerado pionero de la novela revolucionaria, quien conoció y trató a don Salvador, dijo de él: «Por debajo de aquella figura bullía el hombre dinámico, de talento, fecundo y de grandes destellos, capaz de grandes cosas. Tenía un modo muy peculiar de atrincherarse detrás de sus anteojos y disparar a su interlocutor andanadas de palabras e ideas que subrayaba con gestos firmes. En el carácter de Alvarado había muchas cualidades merecedoras de respeto: su ansia vehemente de aprender, su sinceridad, su acrisolada honradez, su actitud grave ante la vida. Para él, su fervor revolucionario necesitaba tanta atención que no se permitía el desperdicio de un solo instante ni de un pensamiento». 

Don Adolfo de la Huerta describió en 1923 al Caudillo sonorense/yucateco: «Para nosotros fue una satisfacción muy grande tener de nuestro lado a un Salvador Alvarado cuyos méritos dentro de la Revolución fueron indiscutibles. Era un hombre honorabilísimo, talentoso y con mucha palabra de honor. Su cultura y sabiduría fueron aumentando con la constante lectura. Era un hombre que en lugar de pasatiempos y diversiones baladíes se allegaba libros, se documentaba y progresaba siempre espiritualmente». 

Don Antonio Mediz Bolio, sin duda el más alto valor literario de Yucatán en el siglo XX, dijo de Alvarado: «Era ligeramente grueso, hecho a la higiene del ejercicio diario y a no rendirse jamás al cansancio. Ni el más decidido a menospreciarlo podría dar de él con una sombra de petulancia o vanidad. No se ha cegado nunca, ni en sus momentos de triunfo y poder (es decir, jamás Alvarado perdió el piso). Nunca se dejó llevar por el embrujo de su alto cargo, a que son tan propensos, casi sin excepción, aquellos que tienen en sus manos dar castigos, indulgencias o dádivas. Le molesta como la peste el olor de la adulación. Los que han intentado ganarlo por medio de la lisonja han salido enfrentados de la empresa».

Austero y llano como un campesino, Salvador Alvarado fue el tipo de revolucionario que por fuerza tenía que resultar exótico en una provincia tradicionalista como Yucatán, a la que llegó intempestivamente para renovar y empujar todo hacia adelante. Exótico porque, por regla general, las revoluciones producen soldadotes engreídos, mandarines ladrones o reyezuelos borrachos de egolatría y concupiscencia. Nada de esto fue don Salvador. 

Durante siglos, los yucatecos consideraron a los gobernantes como idealistas a los que había que corromper, o como arribistas a los que había que hacer cómplices de los trafiques. Por tanto, los yucatecos de principios del siglo XX se vieron sorprendidos ante Alvarado, un gobernante que resultaba para ellos incomprensible. Según crónicas de aquel tiempo, la sociedad yucateca anduvo confundida los primeros días de gobierno de Alvarado. ¡No lograba entender cómo es que había subido al gobierno un hombre honrado! 

Pero para conocer mejor a Salvador Alvarado, nada más idóneo que sus propias palabras, pues muestran de cuerpo entero su personalidad de hombre de convicciones, nada susceptible a la alabanza. Un día, hizo saber a representantes de la banca, el comercio y la intelectualidad local que deseaba gobernar de la mano de yucatecos de buena voluntad. Los invitó a apoyarlo con frases muy significativas: «Les invito fiel y sinceramente a que me ayuden. Que hablen con franqueza, que nadie venga con halagos, porque yo no me vendo a nadie». 

El 16 de junio de 1915, un grupo de vecinos de Maxcanú le visitó para anunciarle que deseaba poner su nombre a la escuela civil recientemente inaugurada en esa villa. Alvarado escuchó en silencio, meneó la cabeza y respondió: «Agradezco sus intenciones, pero el nombre que debe llevar la escuela ha de ser el del maestro que mejor haya impartido conocimientos en esa población. Miren, mi criterio es que jamás se deben perpetuar los nombres de los gobernantes vivos dentro de su radio de acción, porque tal conducta revela un servilismo adulatorio que la dignidad humana rechaza».- Carlos A. Sarabia y Barrera. Noviembre 10 de 2021. Continuará…

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