Libre Expresión

Se debilita la persecución religiosa de Salvador Alvarado (IX)

Los dos anteriores capítulos de esta serie se refirieron a lo más sobresaliente de la persecución religiosa realizada en Yucatán durante la administración del Gral. Salvador Alvarado Rubio. Ahora cabe añadir que a pesar de las innumerables prohibiciones contra el culto y las limitaciones a las fiestas religiosas, dicho culto y fiestas continuaron de manera oculta o camuflada. 

Cuando los periódicos que controlaban los revolucionarios anunciaban las celebraciones de los municipios evitaban hacer referencia a los santos patrones. 

Mérida no fue excepción. Los católicos pregonaban sus eventos como fiestas de obreros en honor a determinada causa. Pero llegó un momento en que no importó a los católicos que los templos estuviesen cerrados o no hubiera sacerdotes. Para ellos el santoral fue recordatorio de que tenían que mantenerse leales a su religión, a pesar de los obstáculos que les imponían.

La Constitución de 1917 produjo dos acontecimientos fundamentales para los yucatecos, uno político y otro religioso, que por fuerza tenían que ir juntos. En lo religioso, la nueva constitución dio al Estado el derecho a reglamentar las actividades sacerdotales, considerando delitos de fuero común las infracciones. Aun más, obligó a los curas a registrarse ante el gobierno para que pudieran ejercer. En lo político estableció un mínimo de cinco años de residencia a todo aspirante que deseara ser gobernador de cualquier estado, lo que impidió a Salvador Alvarado ser gobernador constitucional. 

Los que le sucedieron no mostraron interés en continuar el conflicto con la Iglesia. Al menos se dice que el gobernador Carlos Castro Morales mostró actitudes conciliatorias.

Los aires de relajación política permitieron el regreso del Arzobispo,  sacerdotes y monjas, e iniciar un proceso de devolución de templos. El arzobispo Don Martín Tritschler y Córdova comenzó a reorganizar la iglesia fundamentándose en los seglares. La situación política era favorable local y nacionalmente, ya que el presidente Álvaro Obregón mostraba un talante moderado hacia la Iglesia, la jerarquía y los fieles. 

Animado por esto, el arzobispo regresó a la arquidiócesis a recuperar lo perdido, arribando a Progreso el 12 de mayo de 1919. 

La presencia del Pastor agilizó la devolución de templos, el reverdecimiento de antiguas organizaciones católicas, el surgimiento de otras nuevas, y la reapertura de colegios católicos. 

Fue labor titánica reconstruir los templos sin contar con suficientes sacerdotes. Regresaron también las monjas Josefinas y las de Jesús María. La oligarquía de siempre, enemiga de Alvarado, pero feliz de las nuevas circunstancias, contribuyó generosamente a la reedificación de iglesias y reapertura de colegios. Revivió la prensa católica con tal éxito que el 20 de julio de 1920 celebraron en la Catedral el Día de la Buena Prensa.

Como el Ave Fénix, la Iglesia yucateca no sólo resurgió, sino que planeó regresar por sus fueros porque Mons. Tritschler propuso un acuerdo con los oligarcas conservadores que duraría  poco tiempo pues la persecución reiniciaría con el Gral. Plutarco Elías Calles. 

Las obras de reconstrucción del santuario de Izamal y el camarín de la Virgen- inauguradas el 15 de agosto de 1920- y el reinicio de las fiestas tradicionales en el interior del Estado, en honor a los santos patrones; fueron símbolos de la fortaleza del catolicismo. 

Ciertamente, los iconoclastas destruyeron centenares de imágenes sagradas, pero las que lograron conservarse se convirtieron también en insignias sobre las que se volcó la religiosidad popular. 

Fortalecida su fe, los devotos invadieron nuevamente las calles con sus procesiones, y comenzaron de nueva cuenta a marcar espacios públicos y sociales con cruces, santos y vírgenes. Las campanas volvieron a oírse alegres, dejando para la Historia las lamentables prohibiciones y profanaciones. 

Regresaron las novenas con sus rezos, cantos y aleluyas. Me parece interesante el análisis del célebre antropólogo y etnolingüista estadunidense Robert Radfield, que realizó trabajos de investigación social en Yucatán durante 16 años, a finales de los veinte y principios de los treinta. Consignó que la alegría de las fiestas tradicionales de pueblos y ciudades, mostraba que los yucatecos se habían recuperado de la durísima prueba a que los sometió, en lo religioso, el gobierno alvaradista.- Carlos A. Sarabia y Barrera, Diciembre 8 de 2021. Continuará. 

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